Economía Divina: Las Primicias

 

PREDICACIÓN DEL 12 DE ENERO DE 2025:

Pastor Antonio Russo

 

ECONOMÍA DIVINA: LAS PRIMICIAS

 

Esta semana, nuestro servicio de adoración se dedicará a un tema fundamental de la Palabra de Dios: "Economía divina: Las Primicias". Este principio, profundamente arraigado en las Escrituras, nos llama a poner a Dios en el primer lugar en todas las áreas de nuestra vida. Reconocer a Dios como la fuente de todo nos impulsa a dedicarle lo mejor que tenemos, no solo como un acto simbólico, sino como un gesto concreto de fe y obediencia. Las primicias no son solo una ofrenda, sino también una oportunidad para acceder a una dimensión de bendición y abrir la puerta a la intervención divina en nuestras vidas. El Rhema de este año, “Line up,” nos invita a realinearnos con la voluntad de Dios, redescubriendo Su plan y reencontrando el camino perdido. El Espíritu Santo está soplando un viento nuevo, trayendo cambios profundos y guiándonos hacia los proyectos divinos, requiriendo una entrega total, tal como le sucedió al apóstol Pedro, quien fue conducido por el Espíritu a lugares que no habría elegido por sí mismo. Nosotros también debemos dejar de resistirnos al plan de Dios y rendirnos a Su voluntad perfecta, seguros de que Él desea nuestro bien. Siendo este el primer culto del año, celebramos la importancia de las primicias a través de una reflexión sobre la economía bíblica. La Biblia habla con frecuencia sobre el dinero y los recursos económicos, temas centrales en la vida cotidiana, pero nos invita a considerarlos desde la perspectiva de Dios, dejando atrás cualquier prejuicio. Hace algunos años, durante un momento de oración, el Pastor recibió una reprensión del Espíritu Santo, quien le reveló cómo sus prejuicios estaban impidiendo que el pueblo de Dios accediera a Sus bendiciones. Este llamado a predicar la verdad bíblica sin temor, incluso sobre temas delicados, trajo un cambio profundo en su vida y en la comunidad, permitiéndoles experimentar el fruto de la Palabra aplicada. Contrariamente a lo que a menudo se piensa, el dinero no es intrínsecamente negativo, sino una herramienta espiritual que, si se usa de acuerdo con la voluntad de Dios, puede ser una fuente de bendición. La Biblia enseña que el dinero es un excelente siervo pero un pésimo amo, y es responsabilidad del hombre decidir cómo gobernarlo, y no al revés. Este cambio de perspectiva nos permite alinearnos con los principios divinos, transformando nuestra relación con los recursos económicos. El principio de las primicias ocupa una posición central en el plan de Dios, respondiendo a Su deseo de bendecir también financieramente a Sus hijos. Muchos testifican cómo la aplicación de las primicias ha marcado un punto de inflexión financiera en sus vidas, permitiéndoles experimentar la fidelidad de Dios. Cada año, las primicias deben ofrecerse con fidelidad, no como una obligación, sino como una elección personal, sin imposiciones. Las primicias no representan una ley, sino un acto de fe que, además de honrar a Dios, nos alinea con Su plan. Este gesto, que no debe subestimarse, representa una puerta hacia las bendiciones divinas y una profunda demostración de confianza en Dios. En el contexto bíblico, las primicias se ofrecían a Dios como parte de la cosecha o de los animales, escogiendo lo mejor que se tenía. Por ejemplo, si un rebaño producía diez animales nuevos en un año, un número específico de ellos era consagrado al Señor. Este principio subraya la importancia de dar las primicias al inicio de la cosecha, nunca al final, porque representan lo primario y lo prioritario.

Romanos 11:16; 16 Y si el primer fruto es santo, también lo es el todo, y si la raíz es santa, también lo son las ramas.

Ofrecer las primicias significa consagrar lo que se ofrece a Dios, haciéndolo santo y santificando todo lo que sigue, garantizando Su protección sobre todo lo que Le pertenece. Cuando elegimos poner en práctica este principio, los gastos inesperados, como averías repentinas o dificultades económicas, se vuelven menos frecuentes, porque los recursos dedicados a Dios están protegidos, y esta protección se extiende a todos nuestros bienes. Ofrecer las primicias es una declaración de fe que demuestra cómo la economía de una persona no depende de las circunstancias terrenales, sino de Dios. Sin embargo, para comprenderlo plenamente, se requiere un cambio de mentalidad. En el contexto de esta práctica, la combinación de ayuno, oración y primicias refleja lo que está descrito en el libro de Eclesiastés:

Eclesiastés 4:12; 12 Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no presto se rompe.

El ayuno fortalece el espíritu, la oración mueve montañas, y las primicias honran al Señor. Incluso Jesús, en el capítulo 6 de Mateo, al inicio de Su ministerio, enseñó y practicó estos tres principios fundamentales, encontrando en ellos una gran fuente de fuerza. En el libro de Proverbios leemos un principio fundamental que se refiere a las primicias, un concepto que Dios mismo nos enseña.

Proverbios 3:9-10; 9 Honra á Jehová de tu sustancia, Y de las primicias de todos tus frutos; 10 Y serán llenas tus trojes con abundancia, Y tus lagares rebosarán de mosto.

Este principio nos llama a reconocer a Dios como la fuente de toda bendición y a ofrecerle lo mejor de lo que tenemos; no es simplemente un ritual, sino una respuesta concreta a la gracia y al amor de Dios, que nos invita a la generosidad, la confianza y la obediencia. El honor es una clave fundamental para acceder a las bendiciones divinas. Honrar significa reconocer el valor intrínseco de alguien o algo, un valor que, según las Escrituras, no está determinado por estándares humanos, sino por el sacrificio de Cristo. De hecho, es Su sangre la que confiere un valor infinito a cada persona. Este principio se manifiesta concretamente en la forma en que tratamos a los demás, porque honrar significa escuchar, respetar y valorar con sinceridad, evitando la superficialidad y las distracciones. La Biblia enseña que honrar a los padres es un mandamiento con promesa:

Efesios 6:2-3; 2 Honra á tu padre y á tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, 3 Para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

Esto demuestra cómo el honor trae bendiciones tangibles, incluida la longevidad. Un elemento clave del honor es la humildad, porque solo quienes reconocen el valor de los demás pueden realmente honrarlos. El orgullo, por otro lado, lleva a la caída, como se recuerda en Mateo 23:12: "Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." Este principio se aplica a toda relación: con Dios, con la familia, con los miembros del cuerpo de Cristo y con los líderes espirituales. Honrar no se limita a las palabras, sino que se manifiesta a través de acciones concretas, como gestos de aprecio y dones, representando un estilo de vida que, para el creyente, no es opcional, sino un llamado divino. En el Evangelio de Mateo, Jesús mismo subraya la importancia de honrar a aquellos que llevan el mensaje de Dios.

Mateo 10:40-41; 40 El que os recibe á vosotros, á mí recibe; y el que á mí recibe, recibe al que me envió. 41 El que recibe profeta en nombre de profeta, merced de profeta recibirá; y el que recibe justo en nombre de justo, merced de justo recibirá.

Esto demuestra que el honor está directamente conectado con una recompensa divina, porque honrar a un profeta o a un justo lleva a recibir una bendición proporcional al honor mostrado. Sin embargo, el honor debe ser espontáneo y sincero, no impuesto ni exigido, ya que no podemos obligar a otros a honrarnos; debe surgir del corazón, reflejando el carácter de Dios. Nosotros, como creyentes, debemos aprender a respetar, apreciar y apoyar a aquellos que Dios ha puesto en nuestras vidas, sin esperar nada a cambio. Un aspecto crucial del honor a Dios se expresa ofreciendo lo mejor de lo que tenemos: nuestras primicias, nuestras posesiones y nuestro tiempo. Cuando reconocemos a Dios como la fuente de toda bendición y lo honramos con lo que tenemos, Él promete llenar nuestros graneros y hacer que nuestras bodegas rebosen. Esta es una promesa que nos invita a vivir una vida de generosidad, confianza y gratitud. Honrar a Dios trae tres beneficios principales, descritos claramente en las Escrituras.

El primer beneficio es: El Favor Divino.

Al honrar a Dios y a las personas, recibimos el favor divino, que nos abre puertas y nos da acceso a personas, lugares y situaciones que, de otro modo, estarían fuera de nuestro alcance. El favor divino tiene el poder de lograr lo que el dinero no puede: por ejemplo, una persona que está en el último lugar de la fila puede encontrarse de repente en el primer lugar gracias al favor de Dios. Esto ocurre porque el favor de Dios en nuestras vidas puede transformar nuestras circunstancias de una manera que otros no pueden explicar, pero que es un claro signo de Su gracia.

El segundo beneficio es: El Honor como Señal de Obediencia.

Vivir honrando a Dios significa reconocer Su autoridad y someterse a Su voluntad. Este principio también se extiende a las relaciones humanas, ya que Dios establece autoridades en la vida de los creyentes para guiarlos y bendecirlos. Relacionarse con estas autoridades con obediencia y sumisión significa reconocer que toda autoridad proviene de Dios.

El tercer beneficio es: El Honor como Señal del Temor de Dios.

Honramos a Dios y a los demás porque en nuestro corazón está el temor de Dios, que no es miedo en el sentido de temor, sino reverencia y respeto hacia nuestro Creador.

Malaquías 1:6; 6 El hijo honra al padre, y el siervo á su señor: si pues soy yo padre, ¿qué es de mi honra? y si soy señor, ¿qué es de mi temor?, dice Jehová de los ejércitos á vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?

El temor de Dios nos impulsa a honrar a nuestros padres, a nuestros líderes espirituales y a todos aquellos que merecen respeto. Honrar a nuestros padres, que son un regalo de Dios, incluso si son imperfectos o ya no están vivos, es un mandato de Dios que nos invita a valorar a quienes nos dieron la vida y a tratarlos con respeto. Además, honrar significa apreciar y estimar, evitando criticar o hablar mal de los demás, porque la deshonra lleva a recibir deshonra. De hecho, la deshonra es como una moneda: si honramos, recibimos honor. Adoptar una cultura de honor nos permite caminar en el temor de Dios, un temor que actúa como un guardián en nuestra vida. El mundo nos empuja fácilmente a compromisos y a vivir según sus costumbres, donde es común hablar mal de los demás, criticarlos y tratarlos sin respeto; sin embargo, la cultura del honor nos llama a vivir de manera diferente, como nos enseña el Apóstol Pablo.

Romanos 12:2; 2 Y no os conforméis á este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

A menudo, en la Iglesia, hay cristianos que caen en las mismas trampas que el mundo, pero no es así como Dios nos ha llamado a vivir. Un ejemplo significativo es ofrecido por el testimonio de un pastor con una iglesia de 20,000 personas en Johannesburgo, Sudáfrica. Al entrar en un rascacielos, se encontró con un mendigo. Aunque estaba tentado a evitarlo, obedeció la voz de Dios, quien le recordó que la diferencia entre él y ese mendigo era la presencia de Dios en su vida. Esta experiencia subraya que el honor no depende de las apariencias, sino de reconocer la imagen de Dios en cada persona, independientemente de su condición. Volviendo a Proverbios 3:9-10, el término “Señor” en griego es “Kyrios”, que significa maestro, fuente y creador de todas las cosas. En este contexto, cuando honramos a Dios, reconocemos que Él es el maestro, creador y fuente de todo. No somos los amos de nuestra vida o de lo que poseemos, porque todo le pertenece, como se escribe en los Salmos:

Salmos 24:1; 1 DE Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan.

Esto incluye no solo la tierra, sino también nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra casa e incluso nuestra salud. Todo es un regalo de Dios, y al reconocer esta verdad, nos lleva a honrarlo como el legítimo Dueño de todos los aspectos de nuestra vida. De hecho, la Biblia nos enseña que somos administradores de lo que Dios nos ha confiado, no propietarios. Cuando comprendemos esta verdad, vivimos libres de la ansiedad material, descansando en el cuidado divino. Cuando comprendemos que Dios es el maestro de todo, también realizamos que hemos sido comprados a un precio muy alto.

1°Corintios 6:20; 20 Porque comprados sois por precio: glorificad pues á Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Por lo tanto, si Dios es nuestro maestro, ya no somos nuestros, sino de Él; el conflicto surge cuando el hombre intenta retener el control sobre lo que pertenece a Dios. A menudo usamos el término "mío" refiriéndonos a lo que poseemos, pero ¿quién nos ha dado la fuerza para trabajar, la salud para vivir y cada recurso que tenemos? Todo esto es un regalo de Dios. Ven, ofrecer nuestra vida como primicia significa rendirse completamente a Dios, permitiéndole ser el Señor de cada aspecto de nuestra existencia. Proverbios 3:10 nos asegura que nuestros graneros estarán llenos y nuestros lagares rebosarán; esta promesa se aplica incluso en tiempos de crisis porque Dios protege lo que se le ha confiado. Esta es una temporada de doble gracia, un tiempo de restauración y multiplicación, en el que, aunque los graneros del mundo estén vacíos, los de quienes viven según principios divinos estarán llenos y desbordando. Vivir según el principio del honor y las primicias transforma cada aspecto de nuestra vida, porque nos lleva a una relación más profunda con Dios, experimentando Su abundancia y protección. Este estilo de vida refleja el señorío de Cristo, que requiere rendición total y obediencia.

Lucas 6:46; 46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?

Esto nos invita a vivir en coherencia con nuestra fe, honrando a Dios con cada elección.

En conclusión, el principio de las primicias no es solo una práctica religiosa, sino una forma de reconocer a Dios como dueño de todo, porque cuando lo honramos con nuestros bienes, demostramos confianza en Su providencia. Proverbios 3:9-10 nos asegura que Dios responde con abundancia y prosperidad. Esta promesa es una invitación a vivir una vida de fe, gratitud y generosidad, experimentando las bendiciones de Dios de manera tangible.

 

 

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