Creciendo en Intimidad con Dios Parte 2
PREDICACIÓN DEL 16 DE FEBRERO DE 2025:
Pastor Antonio Russo
CRECIENDO EN INTIMIDAD CON DIOS Parte 2
La semana pasada hablamos sobre la intimidad con Dios y cómo crecer en ella. Hoy queremos profundizar aún más en este tema para enriquecer y transformar nuestra intimidad con Él. Deseamos una intimidad más profunda con el Señor, una que nos satisfaga completamente, porque nada puede llenar nuestra vida como el conocimiento directo de Dios, no solo a nivel mental, sino a través de una experiencia viva. Por la mañana, cuando despertamos, nuestro cuerpo espera instrucciones y, guiados por nuestra mente, debemos pronunciar palabras de bendición sobre nuestra salud, para que cada órgano reciba la orden de estar bien y caminar en victoria. La Biblia nos enseña que en Cristo somos más que vencedores, porque no solo hemos ganado, sino que hemos triunfado de manera abrumadora, dejando al enemigo a años luz de distancia, gracias al sacrificio de Jesús. Necesitamos conocer al Padre, a Jesús y al Espíritu Santo por experiencia en nuestra vida.
Efesios 3:19; 19 Y conocer el amor de Cristo, que excede á todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
La palabra griega para "conocer" es "gnosis", que implica un conocimiento por experiencia, porque no basta con saber mentalmente que Dios nos ama debemos experimentarlo. Cuando experimentamos Su amor, la ansiedad y el miedo desaparecen, porque estamos llenos de Su plenitud y sabemos que somos profundamente amados, incluso cuando atravesamos pruebas y momentos difíciles que nos permiten conocer Su fidelidad por experiencia. La palabra hebrea para "conocer" es "yada", que indica un conocimiento íntimo y personal. Hoy en día, se valora más el conocimiento mental que el conocimiento por experiencia, pero la verdadera intimidad con Dios nace de la experiencia personal. Nuestro corazón anhela la intimidad con el Padre, porque fuimos creados para ello, y nada puede llenar el vacío que solo Su presencia puede satisfacer. Por eso, debemos tomarnos tiempo para "desconectarnos" y apartarnos con el Padre, un tiempo de presencia que es mucho más glorioso que cualquier otra cosa, no solo una simple pausa. La intimidad es el lugar más profundo de comunión, donde Jesús dio Su vida para que pudiéramos entrar en el lugar santísimo Su presencia. Conocer a Dios es una experiencia práctica y personal en la que tanto nosotros como Dios encontramos satisfacción en nuestras necesidades emocionales, espirituales y físicas. Hay tres señales que indican nuestro nivel de conocimiento por experiencia de Dios. La primera señal es que obedecemos Sus mandamientos no por obligación, sino con alegría, porque la obediencia nace de una relación íntima con Dios, no del sacrificio. La segunda señal es que no viviremos en un estilo de vida de pecado. Estamos en un proceso de santificación, por lo que puede que pequemos en ocasiones, pero no será un hábito. Cuando pecamos, nuestra incomodidad interior proviene de la interrupción de nuestra relación con Dios, y en esos momentos debemos recurrir a la sangre de Jesús para restaurar la comunión perfecta. Debemos tener cuidado de no vivir en una condición de pecado, aunque sea una experiencia negativa de la que nos levantaremos rápidamente. La tercera señal es que caminamos en amor hacia Dios y hacia los demás. Si decimos que amamos a Dios pero no soportamos a nuestros hermanos, somos mentirosos, porque cuando conocemos a Dios íntimamente, encontramos la fuerza para amar incluso a nuestros enemigos. Jesús dijo: "Oren por sus enemigos, bendigan y no maldigan a los que los persiguen", y esto solo es posible a través de la intimidad con Dios. Cuando conocemos a Dios en una relación de intimidad, nada nace del esfuerzo, sino que todo fluye del placer y la alegría, porque la intimidad con Él nos permite vivir plenamente satisfechos y realizados. Para nosotros, es un privilegio, y debemos sentirnos honrados de poder tener una relación tan profunda e íntima con nuestro Padre celestial. Ahora, entramos en la segunda parte de este tema, profundizando en el concepto de intimidad con Dios y su significado profundo. La Biblia nos muestra que los hombres y mujeres usados poderosamente por Dios lo fueron gracias a su intimidad con el Padre, porque todo lo que ocurrió en sus vidas nació de esta relación profunda con Él. Saben, no es Dios quien elige con quién ser íntimo, sino que somos nosotros quienes decidimos si queremos ser íntimos con Él. La decisión de vivir una relación íntima con Dios depende de nosotros, pero la invitación a orar y buscarlo viene de Él, porque es Su deseo que vivamos en intimidad con Él. Si deseamos ser usados por Él, no debemos temer a los demás ni sentirnos incapaces, porque todo nace de nuestra intimidad con Dios. Cuanto más crece nuestra intimidad con Dios, más Él puede obrar a través de nosotros, permitiéndonos discernir Su voz y seguir Su guía, hasta el punto de convertirnos en "loros de Dios", repitiendo Sus palabras. La clave es conocer a Dios tan profundamente que lo sigamos sin dudar, porque este es el corazón de la intimidad, el secreto que le permite usarnos para Sus propósitos. Ahora nos enfocaremos en algunos hombres de Dios, pero este mensaje también aplica a las mujeres, porque todos podemos vivir una relación íntima con el Padre, una intimidad que es el lugar donde conocemos a Dios cara a cara, corazón a corazón.
Deuteronomio 34:10; 10 Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, á quien haya conocido Jehová cara á cara;
Esto nos muestra que Moisés tenía una relación única con Dios, la cual comenzó cuando tuvo un encuentro sobrenatural con Él. Después de cuarenta años como hijo adoptivo de la hija del faraón y otros cuarenta años como pastor en el desierto, Moisés tuvo este encuentro a la edad de ochenta años. Vio un arbusto que ardía pero no se consumía, un fenómeno que podía ocurrir en el desierto, pero ese arbusto en particular contenía la presencia de Dios, quien le hablaba. Moisés se acercó y experimentó directamente la presencia de Dios, escuchando Su voz de manera audible y recibiéndola en su corazón. Esto marcó el inicio de su encuentro cara a cara con Dios y de su intimidad con Él. A pesar de sus excusas, Moisés se sentía incapaz de liberar a Israel, pero Dios desmanteló cada objeción, asegurándole que sería capaz de hacerlo con Su ayuda. Cuando Moisés intentó evitarlo diciendo que Dios debía elegir a otra persona, el Señor le respondió que él había sido el escogido. Este encuentro cara a cara cambió radicalmente su vida. Hoy necesitamos una nueva generación que desee conocer a Dios de la misma manera, cara a cara. La intimidad es el lugar donde Dios abre Su corazón a quienes son íntimos con Él, y viceversa, creando una conexión profunda. Además, la intimidad elimina todo misterio en la vida de una persona porque, cuando conocemos a alguien íntimamente, no quedan dudas ni preguntas sobre sus intenciones; todo se vuelve claro, y lo mismo ocurre con nuestra relación con Dios. Si nos cuestionamos Sus intenciones o Su voluntad, significa que aún no Lo conocemos íntimamente, pero a medida que crecemos en intimidad con Él, todo misterio se disipa. Lamentablemente, en la Iglesia hay muchas personas que no viven esta intimidad y nos sorprenden con aspectos ocultos de su vida precisamente porque les falta una verdadera comunión con Dios. Ir a la iglesia no nos convierte en cristianos consagrados, así como entrar en un gallinero no nos transforma en gallinas o estar en un garaje no nos hace automóviles; solo la intimidad con Dios produce una verdadera transformación. Estamos llamados a vivir esta intimidad, a conocer a Dios cara a cara y corazón a corazón, porque solo así podemos marcar una verdadera diferencia. Queremos responder a este llamado y vivir una relación auténtica con Dios, porque es en la intimidad donde encontramos nuestra verdadera identidad y propósito. En las relaciones interpersonales, a menudo nos sorprenden las acciones o palabras de quienes nos rodean, porque solo Dios conoce realmente lo que hay en el corazón de las personas, y solo Él puede revelarlo. Por eso, es esencial comprender con quién debemos abrirnos. En nuestra vida, hay tres niveles de relaciones, que podemos imaginar como círculos concéntricos: El primero, el más amplio, es el "atrio", similar al estacionamiento de la iglesia, donde nos encontramos con personas, las saludamos e intercambiamos algunas palabras, pero el vínculo sigue siendo superficial. El segundo nivel es el "Lugar Santo", similar al interior de la iglesia, donde la interacción es un poco más profunda, pero aún en un nivel relativamente superficial. El tercer nivel es el "Lugar Santísimo", el nivel más íntimo, que representa nuestro corazón. Aquí debemos hacer una selección cuidadosa sobre a quién permitimos entrar, porque no todas las personas tienen buenas intenciones. En el Lugar Santísimo, es fundamental proteger nuestro corazón y elegir con sabiduría a quién dejar entrar, porque permitir el acceso a cualquiera nos expone al riesgo de decepción y traición. No debemos pensar que solo porque conocemos a alguien en la iglesia podemos abrirnos completamente a esa persona. La Biblia nos advierte sobre los peligros de las relaciones equivocadas, como nos enseña Proverbios 6:16-19, que describe las cosas que Dios odia, entre ellas: "ojos altivos", "lengua mentirosa", "manos que derraman sangre inocente", "corazón que maquina planes perversos", "pies que corren presurosos hacia el mal", "testigo falso que habla mentiras" y "el que siembra discordia entre los hermanos". Sembrar discordia entre los hermanos es una abominación para Dios. Si alguien nos habla mal de otra persona, debemos huir, evitando abrir nuestro corazón y nuestro hogar a quienes siembran la cizaña. Nuestro hogar debe ser un lugar de adoración, no de murmuraciones, y los chismes y mentiras no deben tener cabida entre nosotros. La Iglesia no es perfecta, porque está compuesta por personas imperfectas, pero la Biblia nos exhorta a actuar de manera diferente. No debemos exponer los pecados de nuestros hermanos a todos, ni ser parte de quienes siembran discordia, porque muchas veces los rumores se basan en fantasías y no en hechos reales. Debemos mantenernos alejados de estas personas y no dejarnos engañar, porque no todas las relaciones son íntimas y no todas las amistades son auténticas. Podemos ser amables con todos, pero las verdaderas amistades se cuentan con los dedos de una mano, si no menos. La intimidad es una relación cara a cara, corazón a corazón, en la que hay transparencia y una apertura total sin secretos. Lamentablemente, muchas personas han sido heridas por abrir su corazón a quienes no debían, lo que las ha llevado a cerrarse y a defenderse. Sin embargo, el Espíritu Santo quiere sanarnos y enseñarnos a no renunciar a la intimidad, a pesar de las decepciones del pasado. La intimidad es esencial en las amistades auténticas y, sobre todo, en nuestra relación con Dios. Si no Lo conocemos íntimamente, corremos el riesgo de culparlo por cada fracaso o problema que enfrentamos. Cuando realmente conocemos a Dios, estamos protegidos de las mentiras que otros puedan contarnos sobre Él. Si alguien nos dice que Dios es bueno, pero que hay guerras en el mundo, sabremos responder que la culpa es del príncipe de este mundo, Satanás, y no de Dios, nuestro Padre. Debemos guardar nuestra intimidad con Dios, proteger nuestro corazón y tomar decisiones sabias en nuestras relaciones. Solo así podemos vivir auténticamente y conocer a Dios cara a cara, corazón a corazón. Cuando conocemos a Dios, podemos traer revelaciones a las personas; pero cuando no Lo conocemos, tendemos a culparlo por nuestros desastres, enfermedades y pobreza. Sin embargo, Dios no envía enfermedades ni dolencias; de hecho, está escrito: "Yo soy el Señor que te sana" y "Por Sus heridas fuimos sanados" (Éxodo 15:26; 1 Pedro 2:24). Además, Dios no nos hace miserables, sino que nos bendice en todo sentido. Conociendo Su corazón, entendemos que Él es bueno, misericordioso y nos ama. En el Nuevo Pacto, ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 1:3). Dios nos saca de nuestros desastres y, incluso en tiempos de crisis, Le daremos gloria, porque mientras el mundo habla mal de Él sin conocerlo, nosotros que Lo conocemos podemos testificar de Su fidelidad.
Salmos 100:5; 5 Porque Jehová es bueno: para siempre es su misericordia, Y su verdad por todas las generaciones.
¿Saben? Las multitudes siempre buscan el pan y los peces, pero quienes buscan a Dios vienen porque quieren conocerlo. Nos acercamos a Él con una necesidad, pero encontramos al Dios Todopoderoso, quien puede restaurar y sanar nuestras vidas. Esta es la mayor bendición que podemos recibir: conocerlo. La intimidad con Dios es posible para cada creyente, y hoy podemos entrar en Su presencia como nunca antes, gracias al sacrificio de Jesús. En el pasado, solo el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo una vez al año (Levítico 16:2), pero ahora, gracias a la sangre de Jesús, podemos acceder a Su maravillosa presencia cada día (Hebreos 10:19). La revelación de Dios está reservada para aquellos que son íntimos con Él, porque en la intimidad nada está oculto: en este espacio nos despojamos delante de Él, y Él se despoja delante de nosotros, revelando Su corazón. En el Antiguo Testamento, Adán y Eva estaban desnudos y no sentían vergüenza porque vivían en intimidad con Dios, sin pecado (Génesis 2:25). Hoy en día, la desnudez es un problema a causa del pecado, pero en el contexto de la intimidad, simboliza la transparencia y una relación profunda con Dios. Abraham es un ejemplo de intimidad con Dios, porque los intercesores tienen un nivel de relación profunda con Él que los convierte en Sus amigos. El libro de Génesis revela que cuando la destrucción de Sodoma y Gomorra estaba a punto de suceder, Dios dijo que no podía ocultarle a Su amigo Abraham lo que estaba a punto de hacer debido al pecado y la corrupción de esas ciudades.
Génesis 18:17; 17 Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo á Abraham lo que voy á hacer,
Esto nos muestra el tipo de relación que Dios tenía con Abraham, Su amigo, una relación de intimidad que Él también desea tener con nosotros, revelándonos lo que ha de suceder sin ocultárnoslo. La intimidad con Dios lleva a la transparencia, y cuando somos íntimos con Él, podemos estar seguros de que escuchará nuestro clamor y responderá a nuestras necesidades.
Salmos 34:16; 16 La ira de Jehová contra los que mal hacen, Para cortar de la tierra la memoria de ellos.
Cuando conocemos a Dios, entendemos que Él peleará nuestras batallas y estamos plenamente convencidos, seguros de que nada puede separarnos de Su amor.
Romanos 8:38-39; 38 Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
En el Nuevo Testamento, Jesús confirma Su intimidad con el Padre a través de la revelación de ser el Hijo de Dios. Cuando Felipe le pidió a Jesús que les mostrara al Padre, Jesús respondió: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Juan 14:9). Jesús tenía intimidad con el Padre, y esto le permitía hacer obras extraordinarias, porque el Padre le mostraba todo lo que hacía (Juan 5:20). La intimidad es el lugar de la verdad y la transparencia, y muchos no buscan intimidad con Dios porque no quieren ser transparentes, pero todo ser humano tiene la necesidad de una relación profunda. David, otro ejemplo de intimidad con Dios, no buscaba la presencia de Dios en los momentos públicos de culto, sino en momentos de soledad, mientras cuidaba las ovejas y tocaba el arpa, adorando al Padre. David fue encontrado adorador, y Dios dijo: "He encontrado a David, hijo de Isaí, hombre conforme a mi corazón" (Hechos 13:22). Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad (Juan 4:23), y nosotros, como David, también podemos ser encontrados adoradores si deseamos estar en intimidad con Él. Cuando David tocaba el arpa, el espíritu maligno que atormentaba a Saúl se iba, demostrando que la intimidad con Dios trae cambios positivos en la vida. La adoración es la clave para entrar en intimidad con Dios: comenzamos con palabras y música, pero cuando el Espíritu se mueve, se vuelve espiritual y nos lleva a Su presencia. La adoración es un acto de sumisión que nos lleva a una comunión íntima con Dios, y levantar las manos puede expresar tanto victoria como rendición, señal de una entrega total a Él. En la intimidad con Dios, cae todo velo, porque nos entregamos a Él sin reservas y Él se revela a nosotros, permitiéndonos conocer Su corazón y Su esencia más profunda. Este es el vínculo auténtico que Él desea tener con nosotros.